"En Conversaciones con la PACHAMAMA"

"caminamos como dos horas y era todo increíble. Me imaginaba viviendo en ese tiempo, con inmensas pirámides y templos que deben haber sido, pues ahora solo quedaban partes. Después, llegar al gran Templo del Sol, con vista al mar. Pensé que solo él ha visto pasar a las generaciones, y tuve por unos minutos envidia de su poder, supuse cómo se reirá de nosotros, los mortales, que vivimos para crear historias y reconstruirlas en base a pequeños restos. En cambio él, el mar agitado, siempre fue el mismo aunque cambiara, siempre ha estado ahí, imponente, por los siglos de los siglos.
Todo esto bajo un sol ardiente, que nos quemaba fuertísimo y que nos marcó la piel de tanto andar….”    
                        
En Ruinas de Pachacamac. Lima, Perú. Enero 1993

Tuve la suerte o la mala suerte de no sentir este terremoto del año 2015 porque me encontraba lejos del epicentro. Este “no sentir” me llevó a no entender la verdadera dimensión del asunto, pensando que el temor a los temblores era un tema ya superado para mí. Además, en el lugar donde estaba se evitó el noticiario sensacionalista que insiste en hacer preguntas redundantes y absurdas, tales como “¿Sintió mucho temor?”, "¿Está muy triste?”, a personas que se les ha caído la casa o que han tenido que correr por el tsunami o maremoto.

Una vez de vuelta a Santiago, al ir a trabajar, me encontré con las réplicas. La primera, sentada en una mesa, frente al computador, intentando concentrarme un día lunes, después de la semana dieciochera, una réplica suave que ni siquiera me levantó del escritorio. La segunda, en un local comercial, donde veo el lugar moviéndose. “Está temblando”, le digo a la cajera. “Si, está fuerte”, me responde. “¿Si? No encuentro tanto”, le vuelvo a decir. Al irme, me cruzo con un caballero que le dice a otro: “¿Sentiste..? Fue grado 6”. “¿En serio?”, me meto en la conversación. Al llegar a mi oficina me entero que había sido 6,6. En ese momento me cundió el pánico y todas las imágenes y pensamientos catastróficos empezaron a surgir e invadir mi cabeza, buscando palabras que me tranquilizaran en el WhatsApp, las redes sociales y las noticias. Solo quería irme a mi casa o irme para siempre del país, pero salir de aquella oficina encerrada. Me demoré un poco en hacerlo, entre la angustia y cosas que ordenar. Por supuesto, bajé por las escaleras y la bicicleta también. Me fui a yoga.
Los lunes generalmente hago Ashtanga yoga, pero esta vez resonaba, una y otra vez, el Kundalini Yoga en mi cabeza. Entré a esa clase, había mucha gente aquel día y, felizmente, parece que todos andaban en la misma frecuencia que yo, ya que hasta la profesora se veía medio tiritona. Fui más feliz cuando dijo que todos estábamos un poco sacudidos por los últimos acontecimientos, luego habló de la PACHAMAMA, de la importancia de incorporar la idea de los temblores en nuestra vida y asumir que estamos en un país donde esto siempre va a suceder. Por supuesto que es algo que todos sabemos, pero cuando se habla de la PACHAMAMA da la sensación de que efectivamente la tierra estuviera viva y casi fuera posible conversar un rato con ella para que tenga consideración con nosotros.  Entonces dijo la profesora que íbamos a hacer una clase especial, que nos ayudaría a fortalecernos internamente, para poder enfrentar de mejor manera lo que viniera. Si había un temblor durante la clase podíamos salir, o bien quedarnos en nuestro lugar y pasarlo. Por suerte o por mala suerte no lo hubo, pero podría haber sido una buena prueba enfrentar un movimiento de la PACHAMAMA en aquel estado zen que produce el yoga, aún cuando había algunas posiciones corporales que no parecían fáciles de deshacer en caso de emergencia.
La profesora dijo algo muy cierto: El remezón de la tierra produce también un remezón en nosotros mismos, algo nos remueve, se nos mueve el piso. Es verdad que son frases conocidas, sabidas, bromeadas, metaforizadas, pero es bueno repetirlas en ocasiones. Y en esa clase de yoga volví a pensar y a confirmar que algo le estamos haciendo nosotros, también, a la PACHAMAMA para que se esté comportando así. Nada de bien nos hemos portado con nuestro planeta y ya sería hora de tener algunas conversaciones con él, o con ella, si nos referimos específicamente a la tierra. 
Desde algún momento de la historia que aún no logro especificar, el ser humano se empezó a sentir superior al resto de los animales, de las plantas, del cielo y de la tierra. Al ir teniendo mayor conocimiento y raciocinio, se sintió una especie privilegiada y con esto, se tomó el poder. Se apoderó de los terrenos, de los mares, incluso de los cielos, también
del león, del tiburón y de otros seres humanos,  instalando sus banderas de propiedad, de superioridad, porque su inteligencia y razonamiento científico eran los que mandarían y el resto estaría a su servicio. Con esto creía que vencería a la muerte, al enemigo, a la vida y a sí mismo. 

Esta actitud ha ido configurando tribus, grupos y familias. Sin embargo, después de muchos siglos todo esto se ha empezado a derrumbar, los supuestos "inferiores" fueron tomando conciencia de tantos años de injusticia y se empezaron a producir nuevos conflictos, conversaciones, discusiones y matices sobre los poderes, las propiedades y los mandatos, que aún no se resuelven.
Un problema importante se produce cuando este conflicto de poder se da frente a la manifestación de los acontecimientos naturales. Ahí es cuando nos sentimos solos, disminuidos, impotentes en relación a algo que no podemos controlar. Es esto lo que nos remueve. Esta sensación de estar desnudos frente a la inmensidad.
¿Y no lo estamos acaso?
Si empezamos a quitarnos todo el ropaje imaginario que llevamos encima, las joyas, el maquillaje, los conceptos, las teorías, las formas, el fondo ¿No estamos en realidad desnudos frente al tiempo que nos sobrepasa, frente a la muerte que nos espera, frente a la naturaleza que nos viene a avisar, una vez más, que no la podemos controlar?
Es cierto que los cambios climáticos y terremotos han existido siempre. Sin embargo, en la historia de la humanidad nunca habíamos tenido que usar protector solar para defendernos de un sol que hemos transformado en enemigo. La diferencia en estos tiempos, es que estos cambios van de la mano de nuevos paradigmas que incitan a poner todo en cuestión. De ahí que la principal pregunta, la REMOVIDA debiera ser:  


“¿Cuál es, realmente, el lugar del ser humano en este planeta?"
¿Seguiremos insistiendo en esta actitud de arrogancia, de competencia, de saber, de dominio frente a la naturaleza y a los demás? 
¿O será el momento de empezar a trabajar, como humanidad, para encontrar un espacio de humildad?
"Somos Hijos de la Tierra”, decía una canción del grupo Los Jaivas y, aunque suene cliché, así lo creo. Este nuevo siglo debiera estar marcado por la HUMILDAD. Desde ahí, sería interesante volver a conversar con la PACHAMAMA y aprender a navegar en sus olas, “ondas” en este caso. Escucharla, para que sus rugidos nos inviten a focalizarnos de otra manera y nos ayude a encontrar nuevos rumbos.





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