CAJITA DE CARTÓN

Tómalo. No lo quiero, ni a él ni a su padre!!!

Rosinha no alcanza a escuchar estas palabras porque está en la habitación con Artur, su hermano recién nacido. Le impresiona lo fuerte que chupa cuando ella le pone el chupete, así como lo hace cuando mama. Ha visto las heridas, unas verdaderas ampollas, que tiene su madre en los pechos y la ha escuchado quejarse cuando le da leche. Aún cuando ya ha tenido tres hijos, Doña María siente que no está preparada para tanto dolor, pero sabe que igual debe hacerlo pues su hijo tiene que vivir. Y ahí está, una, dos, tres veces, dando leche, sin descanso.


La niña pone la puntita de su dedo en la boca del bebé y él se lo lleva hacia dentro rápidamente. Siente la fuerza de sus labios y no entiende como una criatura tan indefensa puede apretar así. Sabe que lo hace para alimentarse, para sobrevivir, pero él lo chupa todo: la nariz, la mejilla, el cuello, la ropa, la manga de la polera. Ella no se cansa de mirar a Artur, lo pequeño que es, lo poco que se mueve. Su madre lo toma, lo deja en un lugar y ahí se queda, sin poder hacer nada con su cuerpo. Le da nervios esta indefensión, le provoca angustia y también unas inmensas ganas de cuidarlo. Que sepa que ella está ahí, que lo va a proteger y que no le hará daño.


Cuando Artur llegó a la familia tuvieron que adaptarse. Al principio nadie entendía por qué estaba despierto cuando todos querían dormir, lloraba, sin que se supiera que tenía y vomitaba porque no lograban sacarle bien los flatitos. Rosinha pensaba cómo habrá sido su vida cuando estaba en el vientre de la madre. Sin respirar, sin comer, sin dormir a la hora,  sin frío ni calor. Entonces, había que ayudarlo a entender como eran ella, sus hermanos y los seres humanos. Pensaba cómo será nacer; que de un momento a otro unas fuerzas inexplicables empiecen a empujarte hacia abajo, aunque tu no quieras. Debe dar miedo, se debe sentir como una amenaza, como la sensación de estar a punto de caer por un precipicio como el que hay al lado de la casa.

Doña María, su madre, entra a la habitación, deja un montón de cosas sobre la cama y se va a encerrar al baño. La hija parte detrás de ella, pero escucha un pequeño llanto de bebé, se devuelve a ponerle el chupete y se da cuenta que su hermano está durmiendo, que no lo necesita. El llanto sigue. Se asoma por la ventana, suponiendo que son gatos peleando, pero todo está en silencio afuera y recuerda que los gatos suelen pelear de noche. El llanto sigue, se hace cada vez más agudo, gritos fuertes, chillidos eternos.

El llanto produce algo que obliga, que moviliza a encontrar cómo callarlo. Si no es posible, se hace insoportable. Un día Artur lloraba tanto, que sus hermanos querían tirarlo por la ventana, pero la madre se los quitó y les explicó que había que abrazarlo, acurrucarlo para que se sintiera en un lugar calientito, protegido. Si tenía hambre había que darle de comer. "Siempre que llora es porque algo le pasa"- les decía. El llanto no es un juego. Es la única manera de comunicarse, de decir que está incómodo, que tiene hambre, frío, calor, dolor. 
                                          El llanto avisa.

Rosinha sigue caminando por el cuarto. Busca en los rincones, abre el closet, mira debajo de la cama. No encuentra nada. El llanto se agudiza, se desespera. Sale de la habitación, recorre la casa y vuelve. Su hermano aún sigue durmiendo y el llanto continúa. En eso, se le ocurre mover las cosas que había dejado su madre encima de la cama y encuentra una caja de zapatos.

-"Ah! debe ser un juguete para Arturito"- piensa, aliviada, suponiendo que por fin el grito terminará.

Abre la caja y se da cuenta que hay un bebé tan chico como su hermano. De carne y hueso, real, que grita y llora hasta más no poder. No sabe que hacer. Piensa cómo sería si este bebé dependiera de ella, de una niña de 7 años, que apenas puede escribir: que no se cayera, no se ahogara, que no tuviera hambre. Si lo deja encerrado en la cajita de cartón llorará y llorará muchas veces, desenfrenadamente, pero él nada podrá hacer. Ahí se quedará para siempre hasta que muera.

Se da cuenta que es muy niña para pensar estas cosas y va a buscar a su madre. Le toca la puerta del baño. Doña María sale, con cara de haber llorado.

- "Mamá. Hay un niño, un bebe, en esa caja", le dice, muy asustada.

- "Si - es tu hermano", le responde, caminando somnolienta hacia la habitación. Abre una bolsa, saca un biberón y se lo da al niño que está en la caja. Está ensimismada, absorta en sus pensamientos. Rosinha no se atreve a preguntar más y piensa: "Entonces, ¿Los hijos también pueden nacer de una caja de zapatos?".


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